Xavier Xaubet
«Historias de no creer!»
¿POR QUÉ LOS PERROS NO HABLAN?
(Ese era mi perro Oliver, quien inspiró la historia)
Los perros optaron por no hablar. Créame. O no me crea. Pero los perros fueron los primeros en darse cuenta, hace muchísimo tiempo, que hablando la gente no se entiende. Sí, así nomás. Porque cuando la gente habla, se expresa, pero generalmente, no se comunica. Especialmente en las situaciones en las que se suele aplicar el dicho de que ”hablando la gente se entiende”. No se entiende. Los perros se dieron cuenta, por eso decidieron no hablar. Porque cuando la gente se entiende, no necesita hablar, es decir, no tiene que hablar para entenderse, ni siquiera cuando no están de acuerdo en algo. Los perros, eso, lo entendieron de entrada, por eso se llevan tan bien con nosotros. ¿Vio cómo se comunica el perro con usted? (Si nunca tuvo perro, puede usar la experiencia de algún vecino, pariente, amigo, veterinario, en fin, cualquiera que le resulte confiable y tenga perro). El perro lo huele, le mueve la cola, le ladra, le salta en dos patas, lo mira atentamente, le para las orejas, le ladea la cabeza, le gimotea, se agacha, se le tira panza arriba, se le echa al lado, lo sigue discretamente, hace que usted lo siga, le gruñe, lo lame, lo muerde suavemente, lo muerde de verdad, y usted lo entiende. Tanto que después de un tiempo usted llega a decir: ”a mi perro sólo le falta hablar”. No le falta, no lo necesita. Es más, como le dije, no quiere hacerlo. Porque además, a pesar de que no habla, o mejor dicho, gracias a que no habla con usted, ni espera que usted le hable, su perro lo entiende perfectamente. O sea, entre usted y su perro hay comunicación. Hay gente que le habla a su perro (en realidad, todos lo hacemos), pero es un habla unilateral, catártica; desde el punto de vista del perro, totalmente prescindible. Fíjese que él se limita a decodificar un máximo de dos sílabas, incluso de su propio nombre. Y prefiere los monosílabos. Y si vamos al caso, cuando dos o más personas se entienden de verdad, no necesitan más. Digo, para entenderse. Incluso la mayor parte del tiempo suelen entenderse sin palabras. ¿Vio cómo lo hacen? (Si usted nunca lo hizo, puede usar la experiencia de cualquiera de las personas más arriba mencionadas pero que, además de tener perro, tenga una o más personas con las que se entienda de la misma manera). Estas personas se miran atentamente, se tocan levemente, se alzan una o ambas cejas, se guiñan un ojo, mueven la cabeza asintiendo, negando, animando, llamando, preguntando, respondiendo, se sonríen, se ríen, emiten gritos o voces, se abrazan, se palmean, gesticulan con la cara, las manos, el cuerpo, se miran rápida o detenidamente a los ojos, se observan, se acercan, se sientan juntos, caminan juntos, están en silencio juntos. De hablar, en esos casos de entenderse (estén o no de acuerdo en algo concreto) utilizan palabras cortas y escasas, de preferencia monosílabas. No quiere decir que nunca hablen largo y tendido, pero no para entenderse, porque eso ya está, ya se entienden. Hablar en su caso es como pasear, como tomarse un descanso, una vacación: es un placer. No quiere decir tampoco que nunca discutan o se enojen. También pasa con el perro. Pero generalmente el acuerdo llega no por la vía de la discusión verbal (en la cual cuanto más se habla más se distancian los hablantes), sino por la vía de un silencio directamente proporcional a la largura de la discusión precedente, seguido de algunos gestos significativos de acercamiento, aceptación, disculpa, acompañados complementariamente, pero no necesariamente, de unos pocos bisílabos y monosílabos. Ejemplo: – Perdón, ´tuve mal… – Yo también… – No, vos… – ´tá bien, no se hable más… – No quise decir…- Ssssh… – ¿´tá todo bien? – Todo bien… Eso en el caso de gente naturalmente conversadora. Si no, con un abrazo o un cruce de sonrisas o unas palmaditas mutuas en la espalda, alcanza y sobra.
Porque la gente se entiende no por la vía de hablar, sino por la de aceptarse unos a otros tras darse a conocer mutuamente y sin reservas, lo cual lleva un tiempo. Eso hacen los perros cuando se huelen sin pudor y sin esconder lo que son. Así, si se aceptan mutuamente, después viene todo lo demás. Claro, les lleva menos tiempo que a nosotros debido a que no se complican hablando. Cuando empezaron a tratarnos ya tenían su experiencia y por eso, de entrada, optaron por no hablar. Y les fue bien.
«Cuentos para creer»
MI ABUELO HORNERO
(Inspirado en el abuelo de Walter, un amigo)
Mi abuelo era muy fuerte debido a su oficio de albañil. No es que fuera grandote y musculoso, como esos héroes de acción del cine. Era más bien bajo y flaco y andaba algo encorvado a veces, porque sufría de la cintura. Recuerdo haberlo visto muchas veces fajado con una ancha faja negra de paño de lana.
Pero era muy fuerte. ¡Había que verlo hacer mezcla con una pala! Con movimientos rítmicos, firmes, volteaba el material en seco, primero hacia un lado y luego hacia el otro, moviéndose alrededor de la “cancha”. Hacía un hueco en el centro, como un cráter, vertía agua y de nuevo con la pala, hacia un lado y luego en sentido inverso. En pocos minutos estaba llenando los baldes con la mezcla “a punto”, ya fuera para asentar ladrillos o para revocar. Muchas veces lo vi hacerlo porque me llevaba con él al trabajo, a la “obra”, como él decía.
Era albañil de pueblo chico, un poco “constructor” de sencillas casas que diseñaba en el terreno mismo, usando piolas, estacas y un nivel. Escuadraba las esquinas con una geometría simple de triángulos simétricos y bisectrices, trazados con las piolas mismas. Para mí, con mis cinco o seis años, era como un juego mágico, que solamente con los años y la escuela fui entendiendo a duras penas. Pero lo cierto es que mi abuelo solo, con la ayuda de algún que otro peón, levantaba aquellas casas desde el suelo raso hasta el techo de cinc.
En realidad, de todo eso yo no me daba casi cuenta. Lo que me gustaba era jugar en las pilas de arena, que para mí eran montañas, o mundos. ¡Si habré hecho figuras, dibujos, cuevas, castillos con mis dedos y manos, dejando impresos mis pequeños pies en aquella arena que iba desparramando alrededor de la pila, con la anuencia bonachona de mi abuelo! Al final de la jornada, simplemente él venía con su pala y paleaba en un minuto aquel desparramo, borrando mis huellas y también mis “obras”, tal como lo harían las olas progresivas de la marea en una playa.
Chaaás, chaaás, chaaás, todo en derredor y la pila quedaba como recién descargada por el camión de la cantera. A mí no me afectaba aquel proceso, que veía como natural. Para la próxima, allí quedaba la arena pronta para volver a construir un nuevo mundo.
Ahora que he criado a mi propia hija, me imagino la felicidad de mi abuelo al verme jugar. Recuerdo su sonrisa, mirándome cuando hacía un alto en su faena, siempre comentando mis “construcciones” de arena con algún chiste que me hacía reír y, a veces, derrumbar mis “castillos” en un imaginario ataque de gigante enfurecido.
Ahora me doy cuenta de que aquellos breves descansos tenían mucho que ver con su cintura dolorida, pero nunca lo sospeché entonces. Su buen ánimo camuflaba el dolor, disfrazándolo de sonrisa y humor. Pienso también que, sin darme cuenta, yo era su bálsamo. Mirándome jugar y reír, despistaba su achaque. Tal vez por eso me llevaba con él “como ayudante”, y no le importaba que desparramara la arena y hasta ocupara alguno de sus baldes a falta de baldecito de playa. Quién sabe.
Creciendo me enteré que él mismo cavaba los cimientos “corridos”, los llenaba con pesadas piedras y escombros, armaba las vigas, paleaba “cancha” tras “cancha” de mezcla, llenaba balde tras balde, asentaba un ladrillo tras otro, hilada tras hilada, armaba luego el maderamen del techo y clavaba una chapa tras otra. Luego amuraba aberturas, revocaba y estucaba paredes, colocaba los pisos de mosaicos, y dejaba pronto para el pintor. También hacía la sencilla “sanitaria” de pozo negro y “excusado”, con la ayuda de un pocero.
Sí, mi abuelo era muy fuerte y muy hábil como albañil. Sin embargo, para mí, era un hornero. Con cinco o seis años, pensaba que mi abuelo era como el pájaro que hace su nido con barro y pastitos, yendo y viniendo hasta completar el hogar de su familia. Además, el hornero es un pájaro alegre, como lo era mi abuelo. Cada vez que oigo su trompeteo a coro en lo alto, junto a su hogar de barro, recuerdo a mi abuelo.
¿Por qué era para mí un hornero? Bueno, no porque fuera albañil, sino porque aunque construía futuros hogares de ladrillo y chapa para otros, construyó para sí mismo y su familia, uno de barro y paja, igual que el hornero. Amasó el barro mezclado con pasto con sus propios pies en un gran pozo poco profundo. Lo hizo con la misma habilidad con que paleaba la mezcla de sus “obras”.
Armó el esqueleto de palos y ramas de su rancho con la misma precisión con que levantaba paredes con nivel y plomada. Cubrió con aquel barro amasado “a pata” aquel esqueleto por dentro y por fuera.
Luego preparó uno más chirle y suave con el cual enlució aquellas superficies rústicas de adobe, alisándolas con sus manos como si las acariciara.
Trajo paja de algún bañado, cortada y juntada en haces. Luego techó con un perfecto quincho su hogar, con la misma habilidad con que techaba con chapas de cinc. “Fresco en verano, calentito en invierno”, fue todo su comentario de las bondades del rancho de paja y terrón.
El piso también de tierra, apisonada, más cálido y no menos limpio que aquellos de mosaicos que colocaba como un maestro.
La “sanitaria” fue similar a las de las otras casas, salvo porque el “excusado”, que también era de terrón y paja, estaba algo apartado del rancho y era un ranchito flaco y bajito, que a mí se me antojaba que era como un hijito del otro. ¿Aberturas? Puerta de entrada y pequeñas ventanas laterales con cerramiento de tablas cortadas y ensambladas por mi abuelo, “curadas” con aceite quemado de automóvil, que oficiaba de barniz. Nada de vidrios, solamente cortinas, hechas por mi abuela, por supuesto.
Mi abuela fue su peón, cuando hacía falta más de dos manos. Y aquel rancho fue el nido donde criaron su familia y donde luego envejecieron juntos, hasta donde tengo memoria.
Sí, mi abuelo era muy fuerte, y era un hornero. Eso para mí era suficiente, era todo. Pero ahora me pregunto por qué era un hornero, es decir, por qué vivía en un rancho de terrón y paja, en vez de haberse hecho una casa de ladrillos. ¿Estaría fuera de su alcance económico, como le pasa hoy a muchos trabajadores de la construcción? ¿O simplemente fue una cuestión de preferencias?
Nunca me enteré que se quejara de su rancho, ni que proyectara, o soñara, con una vivienda “mejor”. Al contrario, aquel rancho era su propiedad, su lugar en el mundo y siempre lo vi como un hombre feliz.
Recuerdo nítidamente la expresión sonriente de su rostro curtido por la intemperie. Sobre todo su mirada bonachona y sus chistes que festejaba con una carcajada corta pero sonora.
Hasta la casa en que me crié fue otra obra suya de ladrillos y techo de cinc, y todavía está allá, como otras de aquel pueblito. Pero su rancho, su nido de hornero, ya no está.
Supongo que después que él faltó, no hubo nadie que quisiera habitarlo, ni quien lo restaurara periódicamente, como él lo hacía. Así que habrá envejecido como su dueño hasta hacerse tapera. Quizá entonces algún mal viento lo abatió, y algún buen vecino compró aquel terreno “sin mejoras” para edificar una casa “como la gente”. Quién sabe. Quizá deshabitado por la vieja pareja de horneros, ya no tuvo sentido de ser y se dejó llevar por el olvido.
Sin embargo, mientras vivieron en él no había nada mejor para ellos. Era su nido, su rincón en el mundo. Las otras, las “obras” de ladrillo y chapa, eran su legado público, destinado a trascenderlo. Todavía estarán allí sostenidas por la misma mezcla paleada por mi abuelo, con la misma arena en la que yo jugaba.
¿Quién podría imaginarse que por allí están escondidas las pequeñas huellas de mis pies y las figuras, los dibujos, los castillos, y también mis patadas y cabriolas y la risa de mi abuelo? Las escondió él con sus poderosas paladas.
Pero estoy siendo egoísta, pensando en mi participación incidental y fugaz en aquel mundo cuyo protagonista absoluto era mi abuelo. Aquellas humildes pero fuertes viviendas en realidad revelan la verdadera fortaleza de mi abuelo. La del amor por su oficio, su orgullo de dar lo mejor de sí mismo para cobijar los hogares de otros, mientras el estaba contento con su casa de hornero.
¿Quién de entre los habitantes del pueblo, de entre los propietarios de aquellas casas que él construyó, será capaz oír el sonido rítmico y firme de su pala, los golpes certeros de su cuchara, la fricción cadenciosa de su “fratacho”? Deberían arrimar la oreja a las paredes de sus casas, como quien escucha una caracola. Tal vez hasta puedan escuchar todavía el eco de sus breves carcajadas.
No sé. Pero yo sí oigo y veo, como en una película, a mi abuelo. Y me veo a mí mismo jugando todavía en la arena. Veo que desde allá, ambos hacen un alto y me miran. Mi abuelo con su sonrisa y sus oscuras pupilas bonachonas, y yo con una risa feliz y unos ojillos vivarachos. Y veo que ambos me saludan… ¿o me están llamando…?
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